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20 de noviembre de 2015

QUILLOTA

De esto hace muchos años, cuando el sol era de cristal limpio y amable y, sin ninguna obediencia horaria, descifrábamos mensajes en las nubes tirados de espaldas sobre el suelo. De vez en cuando, pequeños temblores y gritos todavía lejanos nos sacaban de nuestros sueños infantiles y corríamos a guarecernos ante el paso del ganado bovino que cabizbajo era llevado al matadero. Los mayores también debían meterse en sus casas lo que después provocaba grandes discusiones por la inconveniencia de que estos animales, que cubrían calles y aceras, siguieran atravesando nuestras cotidianas vías. A los niños empero nos satisfacía el riesgo y que nuestros padres y vecinos nos urgieran a entrar en nuestras casas.










Cuando entrábamos, normalmente la casa estaba perfumada si mamá se encontraba haciendo algún guiso o algún postre o cociendo el pan. Era el tiempo en que todo se hacía dentro de casa, desde la mayonesa, el queso, el pan. Yo me sumía imaginando que vivía en un castillo blanco de gruesos muros de adobe, tal como leía en los libros que guardaba mamá a los cuales tenía acceso por haber aprendido a leer. Desde luego no existían los grandes almacenes ni productos concentrados y las verduras casi siempre se encontraban en nuestra huerta. La llamada para acudir al almuerzo era naturalmente obedecida, siendo el mayor de mis hermanos mamá siempre me inculcaba que debía ser ejemplo y lo era en verdad.


Había secretos entre mi madre y mi padre lo que no me importaba pues yo también tenía los míos como, por ejemplo, que mamá siendo muy cooperativa con las vecinas, le disgustaba la señora que lindaba su casa a los pies de la nuestra porque hurtaba nuestras gallinas pues argüía que si se las pidiera ella se las regalaba. Mi secreto era que "la señora de los pies" tenía un perro pequeño con el cual jugaba aunque me estaba prohibido. Eramos amigos y nos encontrábamos en el fondo del patio para intercambiar algunas caricias.



Mamá había avivado mayormente su hábito de ir a la iglesia de San Francisco después que nuestro padre partiera un día sin regresar a casa. Fue una vez en que mi madre seguía una novena y mis hermanitos dormían cuando me atreví ir a calle Condell por donde pasaba el tren transportando pasajeros o maderas o sacos de cemento. Dejar la casa sin la anuencia de mi madre, aunque fuera por poco tiempo, era ya una aventura en mi corazón de niño. Allí estaba el monstruo, haciendo mover la tierra -así me parecía- y si no echaba fuego por su boca por lo menos la cantidad de humo era grandiosa, la que me cubrió esa vez por algunos minutos tras los cuales sentí el sacramento de haberme iniciado como un niño pillete, sin poder colegir en el momento si había ganado o perdido algo en mi vida y, así, mi pueblo se hizo más pequeño y empecé a colonizarlo. Eso creí yo. Después, con el tiempo, descubrí que Quillota, mi pueblo por entonces, me había conquistado.


Autor: Vicente Corrotea A.

Fotografía colección de Google

11 comentarios:

  1. he podido ver tu visita a mi blog, me agrada mucho encontrar personas que piensen como Dios manda, me uno a ti y te convierto en un ferviente amigo de la moral y de las buenas costumbres.
    Un fuerte abrazo

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  2. Cuanta añoranza define tu hermosa narración. Es un gusto que nos la compartas, gracias Vicente.

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    1. Hola, hermosa amiga. Tengo la misma opinión de tu trabajo que me produce mucha cercanía. Abrazos.

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    2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  3. Mi recuerdo después de leerte es la salida de las cabras ty los cerdos por las mañanas para pastar por el campo durante el día y la vuelta por la tarde, las cabras lamiendo las paredes encaladas y los cerdos corriendo que se las pelaban. Un abrazo

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    1. Me has hecho reír, Antonio. En mi pueblo -hoy una ciudad- los animales vacunos eran vistos por las calles de vez en cuando pero su paso tenía visos dramáticos. Abrazos.

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  4. Me ha parecido muy entrañable.
    Y bien escrito.

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    1. La palabra "entrañable" es hermosa. Ojalá pudieses criticarme -si alguna entrada lo ameritara- algún texto gramaticalmente débil o con sentido no bien definido. Lo apreciaría. Gracias.

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  5. Me pareció estar en casa de mis abuelos maternos, las escenas muy parecidas y entrañables... y, me enamoré tanto del tren que pasaba por el pueblo, que terminé siendo ingeniero ferroviario.

    Abrazos.

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    1. Me resulta muy favorable conocer, Rafael Humberto, un rasgo de tu vida aunque lo que nos une no sea más que lo que escribimos. Por otro lado, el tren está en constante movimiento como la vida. Un abrazo.

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Agradezco tu comentario franco y cortés que me invita a las novedades de tu blog.