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2 de abril de 2015

EL OTRO

Fue hace algún tiempo. El día estaba soleado. Esperaba como muchos que el semáforo nos permitiera avanzar cuando me percaté de su sombra junto a la mía. Levanté la vista para ver un rostro de indefinible edad. Me desagradó su olor de la condenación de no poder asearse, y su ropa y zapatos estaban tan rendidos como él. Sus ojos derrengados denotaban profundas soledades y traiciones. Era el abatimiento y la improbabilidad. Lo miré una vez más para pagar mi cuota de culpa por su situación y marcharme rápidamente. 


Entonces descubrí en ese hombre a alguien conmovedoramente transparente, libre de contratos, de discursos y boatos, como de transversales y oscuros acuerdos y guarismos. Quise abandonar el pedazo de planeta sobre el cual estaba parado, retirarme tal vez enfadado, pero, por el contrario, sentí una especie de transposición sintiéndome un opaco peregrino sin tiempo, sin agenda ni estaciones. Y sin la osadía de sentirme mejor que otros. Fugazmente tuve la conciencia de quién era yo, cuánto valía, de mis sueños a los que había sido fieles y de aquellos otros que seguían pendientes. (No sé si los podré confesar algún día). Fue más: Me sentí conectado con todos los seres del universo, compartiendo aspiraciones en plena armonía. Luego pasó todo.



Mi orgullo se ha afanado en convencerme de que todo lo que pasó fue sólo una impresión, una vislumbre intuitiva. Sin embargo, con lo que me queda de mi fe en Dios y de mi confianza en hombres y mujeres, tengo una tremenda duda.



Autor: Vicente Corrotea A.

Fotografía de Google



1 de abril de 2015

SE BUSCA (Cuento)

Si el frío de la noche se siente quemando por dentro mucho más quema la soledad, especialmente a la hora en que la gente regresa a sus hogares y a los abrazos. Soy un hombre sin destino, un vago sin la sagrada prisa de los que vuelven a casa. Después de pasar la noche sobre el duro suelo del pórtico de alguna iglesia o de un banco, me levanto algo apurado creyendo que todo puede empezar a cambiar en mi vida. Entonces, cuando siento que es inútil tener sueños, hago un esfuerzo más y camino hacia el almacén de comidas para mascotas. Allí hay un aviso que me obsesiona:


Se busca perrito poodle de pelaje blanco y manchita en su cola. Renguea suavemente. Obedece al nombre de Vagabundo o simplemente de Bundo. Tres niños lo lloran por las noches. Se ofrece recompensa.



Y lo vuelvo a leer y a releer con la clave que me da el corazón:



Se busca papá perdido en medio de tremendas discusiones familiares e ingratitudes. Tres nietos que lo aman lo esperan cada noche.



Me alejo con mis lágrimas que bañan mi alma.



Autor: Vicente Corrotea A.