Seguidores

23 de noviembre de 2012

EL REENCUENTRO

Aparece de vuelta de un viaje de estudio y de años de trabajo. No oculto mi profunda alegría al verla. Es el cordón de plata con una época que unía nuestra preocupación de encontrar un trabajo estable y ojalá grato para pagarnos los estudios. Una época, sin embargo, relajada en algunas tardes cuando nos invitábamos a un emparedado y una plática larga a veces sin mayor sentido. Adela ama la vida como a los amigos y se aparta de la gente "seria" que habla de sus problemas importantes. Se entusiasma de una comida que le resulte buena y más si puede "reposarla", como dice. Lo mejor de ella  es su alegría contagiosa.


Ahora está aquí, conmigo, para retrotraer recuerdos que la neblina del tiempo los tenía cubierto. Nos miramos y nos emocionamos. Descubro que sus líneas están más agudas que antes, aunque -como un milagro- sus hombros más huesudos le dan un tono más conciliador con la vida. Su madurez es como un estilo, una muestra de valentía que al mismo tiempo es originario de una casta de mujer que no le teme a la vida sino que la ama como ella se ama a sí misma.



Nos enfrascamos en una discusión de escritores
bebiendo café con un trozo de torta. Ya el sol se rinde a su descanso diario y nosotros abandonamos el local. Adela se deja guiar. "¿Recuerdas que mi novio era Alberto y tú me hacías bromas de seducción pues habíamos construído un lenguaje común?" Las evocaciones nos hacían reír sólo con volver a ellas, caminando por parques, plazas y paseos lo que nos hizo -ya tarde- recuperar el apetito de comer. Pedimos sendos chacareros (sándwich de trozos delgados de filete con verduras) y cervezas. Este emparedado era nuestro favorito años atrás provocando ahora una atmósfera de nostalgias y ritos. "Oye, ¿cómo comienzas a hacer el amor?" Pregunta a quemaropa. "Los primeros minutos suelo hacerlo por los pies de la compañera". Su pregunta y mi respuesta que no esperaba la hacen reír a carcajadas. Descubro que con Adela soy un adulto que ha tenido logros y fracasos que no han corrompido mi interés por buscar la bondad en los demás. Confesamos nuestros proyectos, esos íntimos que poseemos como un tesoro que cuidamos y que siendo pequeños caben en la parte más cálida de nuestro corazón. Seguimos caminando sin apuros. Alguien, en un hermoso portal, nos invita a entrar. El lugar es discreto y acogedor. Adela, que lleva tomado mi brazo, lo aprieta en señal de aprobación. Hace lo mismo al ver la habitación del hotel.





Abrazarla es abrazar al mundo con todos sus olores y matices, como el sudor de la jornada del cual hay que renunciar. Besar sus pies es besar la luna pues aún los siento tan distantes como tan cerca de mis manos y de mi boca. Me mira a los ojos como queriendo traspasarlos y ver qué me pasa por dentro, cuán feliz puedo ser en su compañía. Me complace mirar su piel de un color trabajado por el sol de playas que yo no conozco, donde miles de cuerpos han retozado. Siento entonces un pequeña porción de celos pero una morfología de carne, huesos y vida me vuelve al presente para disfrutar mi única realidad: la de rejuvenecer en el secreto de dos miradas. Una que se ilumina de certezas y la mía que, además, no sabe ocultar una lágrima entre el espacio de soledades y un encuentro -tal vez el primero- que permanecerá liberado de su peso por siempre en la memoria.

Fotografía tomada de la colección de Google


18 de noviembre de 2012

LA CARTA

Antes de marcharme de mi casa en provincia para llegar a Santiago, quemé todas las cartas que me habían escrito mis pololas y algunas mías que no envié nunca. (Polola se llama en Chile a la noviecita o pretendiente). Me venía al seminario pues mi sueño era ser misionero como Francisco de Asís. Sin embargo, hubo una que quedó tiritando de miedo dentro de un libro grande del cual nadie prestó atención.
Cuando los padres no permitían conversar con una chica o un chico quedaba el recurso de una hoja de cuaderno o formalmente la esquela y su sobre. ¡Qué tiempos aquellos!...
Pudo haber sido mi imaginación, pero al acercar mi nariz aún olía levemente al perfume de la mensajera de aquella misiva. Pero no la leí pensando que ya no sentiría ahora las emociones de aquellos tiempos lejanos, de ojos, miradas, manos y cabellos frescos. Me sentí triste pues lo más cierto no era encontrar dicha carta y su desvanecido aroma y, especialmente, su mensaje que quedaría olvidado. Era más bien el misterio del tiempo transcurrido y de la distancia incalculable que me demostraba que yo era otro, que tenía otro sentido, otra mirada más inquisitiva, sin tanta gratuidad para recibir en forma pura esas emociones de adolescente.
Tomé la pequeña carta y la quemé como lo hice con las otras.
El humo -casi insignificante- subió a la altura a la manera  del de Abel, tanto agradeciendo los ingenuos años vividos, como preparando un futuro largo como mi vida, que la he ido estableciendo en lo posible con la mayor honestidad posible y amor a la belleza.
Vicente

Fotografía tomada de la colección de Google