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29 de noviembre de 2011

NUESTRO ANGEL

Fue un día de nuestro tiempo, con años de cuatro estaciones, con niños jugando en las plazas y adultos pretendiendo tener la solución de los problemas en conversaciones a la hora de la tarde, cuando el día refrescaba. Un día de Mayo, hace muchos años según nuestro calendario, Dios titubió en el manejo de sus planes, en su energía creadora. Mirando a nuestro hogar Dios pensaba que algo le faltaba a nuestra familia. ¿Será un ángel o un perrito? Se preguntaba Dios (con duda divina por supuesto).

Nosotros habíamos recibido a nuestro último hijo -Pablo Igor- después de las dos niñas, por tanto la familia estaba completa, lo que agradecíamos con sincero corazón. Pero Dios sabe lo que nos falta y lo que nos sobra. Definitivamente nos envió un perrito de pelaje suave como una nube y dulce como la miel. Al tocarlo y olerlo tenía ese típico aroma de ángel, bueno eso decían mis hijos aún pequeños, y daban ganas de retenerlo más tiempo de lo que el deseaba para irse a volar, digo correr.

En realidad él fue siempre nuestro ángel.


Cuando surgía alguna discusión algo acalorada -tú sabes, por asuntos económicos o la limpieza- aparecía justo en medio de todos y con sus ojitos medios cubiertos de pelitos preguntaba ¿cuál es el problema? y se convertía en el sol de la casa. O cuando yo llegaba a casa con la terrible jaqueca que sufría cada dos o tres meses nuestro perrito ya no celebraba mi llegada con saltos y ladridos sino que se adelantaba y se echaba silencioso al lado de mi cama, pues sabía que lo mejor que debía hacer era recostarme en mi habitación oscurecida y sin ruidos.

Nuestro perrito se llamó Siroco que significa viento.

Hace algunos años murió de viejito. Sin embargo, hace un par de semanas, cuando estaba toda la familia en casa, alguien se acordó de Siroco y nadie dejó de acordarse de alguna travesura de la larga vida de nuestro primer perrito. De repente todos quedamos mudos por un ratito; Es que aún nos da pena que se haya ido y lo echamos de menos.

Siroco vivió como un ángel. Murió como un perrito.

21 de noviembre de 2011

DRAMA EN MI BUS

Nunca pensé que arriba de un bus podría pasarme algo parecido (de esos buses que terminan por dejarte cerca de tu destino después de salir del metro y en donde mucha gente ya se conoce). Solicito bajarme en la próxima parada cuando el conductor con una fina ironía me dice: ¿A quién le lleva flores el caballero?. En vez de irme sin atender le respondo: A mi mujer. Y replica: Yo no necesito llevar flores a mi señora. Eso es cierto -digo- usted no pero ella si le gustaría recibir un ramo de cuando en cuando. Como había experimentado alguna molestia le doy una estocada sucia y añado para irme: Tengo el presentimiento que usted no es feliz como marido ni tampoco su señora. De un salto abandono el bus.

Cuando estoy a unos veinte metros del bus un muchacho me grita: Señor, señor, el chofer lo llama. Al acercarme alcanzo escucharle: Por favor, señores pasajeros, denme unos minutos. Dándole golpes al manubrio me mira enrojecido. Si, es cierto. Siento que mi mujer no es feliz conmigo. Me digo que este no es mi asunto empero lo observo y aspiro el aire que me falta. El hombre casi llorando me emociona. Sólo atino a decirle: Haga ésto, mostrándole mis flores. A la noche llévele un ramo de flores, aunque sus compañeros se burlen como usted lo hizo conmigo. Después de algunos días puede obsequiarle chocolates o lo que le guste. La gente del bus guarda total silencio tal vez porque están viendo un drama real, de tal modo que continúo diciéndole: Ah, y cuando estén de aniversario o ella de cumpleaños o cuando el corazón de ella y el suyo quieran un encuentro especial jamás olvide su regalo, que puede ser la limpieza de su jardín y mejor si la invita a comer a un buen restorán. Pero, cuidado, a la mujer no se la compra con regalos; Sólo puede ser un buen comienzo y una sana costumbre.

Me despido con un apretón de manos. Al salir del bus me da la impresión que lo hago desde un escenario, incluso alcanzo oir unos aplausos que son adjudicables a un hombre sencillo que se detuvo en mitad de la vía, o de la vida, prometiéndose hacerla más hermosa para la mujer que ama.

Vicente