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28 de octubre de 2011

UN CUENTO PARA MI NIETO EN SU 6º CUMPLEAÑOS

Una nube muy hermosa retozaba sobre una ciudad rodeada de bosques por un lado y de verdosas colinas por donde aparecía el sol. Gustaba de ver a los niños que después de asistir a clases jugaban en los parques de juegos infantiles. Más tarde, cuando llegaban los papás, nuestra nube apreciaba desde las alturas los tiernos abrazos familiares.
Cierta mañana el viento se encontró con la hermosa nube y le dijo: Hola nubecita. ¿No quieres dar una vuelta por el mundo?. No, estoy bien en este lugar hermoso, le respondió la nube. El viento, que nunca se rinde, le replicó: Tienes razón. Lo que no sabes es que en otras partes existen lugares más hermosos aún. A la nube le agradó la cordialidad del viento y llena de confianza abandonó su lugar pues era cierto que no conocía el resto del planeta. Siempre acompañada del viento la nube viajó por mares y continentes, por ríos y lagos, por las ciudades y selvas más grandes que podía imaginarse. Desde las alturas comenzó a distinguir que había diferencias entre unas regiones y otras. Unas eran limpias y opulentas, otras muy pobres, de casas pequeñas y endebles.
En un atardecer el viento se disculpó diciendo a la nube que lo llamaban urgentemente desde el Sur y tenía que dejarla. Espera acá mismo que yo regrese en unas dos semanas. Por favor, no te vayas. Ya era de noche y la nube no sabía sobre qué lugar de la tierra estaba pues las oscuridad y la altura no le permitían ver. Cuando fue amaneciendo fue viendo con dolor a unos niños  hurgando en los basurales. A medida que el sol inundaba al pueblo algunos hombres partían a sus labores pero la mayoría se paseaba por las calles conversando, discutiendo y hasta peleando. Algunas mujeres con sus hijos iban al borde del pueblo por donde pasaba un riachuelo, mas bien un canal. Al pueblo le faltaba el agua y los niños enfermaban desaseados. Los árboles y todo lo verde ya no existía. Entonces fue que la nube sintió tanta pena que algunas lágrimas cayeron a las calles alborotando de alegría a sus habitantes. Entonces se preguntó para qué vive una nube. Respondió en su corazón: Una nube existe para dar sombra y belleza. Y también alegrías. No puede haber un pueblo triste bajo una nube. Con dolor de dejar de ser nube fueron cayendo sus lágrimas cubriendo las calles y techos, y la laguna donde conservaban el agua,  reverdeciendo los patios y plazas.
Mientras tanto el viento buscaba a la nube sin encontrarla hasta darse cuenta que se había sacrificado por un pueblo abandonado. Nubecita, le diré al sol que te abrigue y puedas volver a viajar conmigo, dijo el viento preocupado por la nube. No, no me iré pues puedo amar y acariciar a los niños y a todos los habitantes.
Y así fue que las nubes desde entonces son más felices cuando se convierten en lluvia en los inviernos.

Caricatura de Google

24 de octubre de 2011

ESA NOCHE

Me sentía como aquellos ángeles de las pinturas antiguas que los ubicaban de lado para evitar ver toda la realidad, como yo en esta cama. Estaba detrás de mí, perfumada y lozana, esforzándose de que sus manos estuviesen temperadas. Cualquier hombre podría sentirse honrado -aunque la situación tal vez no lo fuera- de relacionarse con una mujer saludablemente atractiva. Pero me sentía estúpido de que tal vez estuviese pensando demasiado o porque efectivamente lo era.


A Selina la conozco hace algún tiempo en la oficina.  Si tiene que hablar de sí lo hace con las palabras necesarias. Es capaz de no sonreir si no tiene que hacerlo. Cuando se formalizó la salida me molestó reconocer que no recordaba de quién había sido la iniciativa. Pero, en fin, ya estoy aquí con ella sintiendo que sus manos empiezan su peregrinaje por mi cuerpo. Es como una lección avanzada de piano que no había escuchado... Y otra vez no había tomado la iniciativa. ¡Qué diablos! Después de todo olvidaría a Selina y este cuarto limpio pero ordenado con pésimo gusto. Mañana partiría temprano para visitar a mis clientes y escuchar de algunos sus pláticas innecesarias. Una sombra espesa, un aroma de cuerpo de mujer me cubría todo mi cuerpo como una mortaja. Podría dejar este rito hasta acá pero solo empezábamos. No, eso no. Creo que mi frustración que no entendía y mi rabia me hicieron más drástico y fuerte cuando un mísero destello de la luz de la lámpara del velador alumbró por unos segundos los pechos que pendían como dos planetas hermanos. El tiempo fue absuelto por el tiempo. Quise preguntarle la hora pero seguro que su reloj le hubiera mentido.

Cuando mi compañera de oficina fue al baño apagué la luz del velador más cercano. De lejos venía una canción cuya letra no entendía. Cubierto parcialmente por la sábana, sentí que corría una férvida lágrima anunciándome otra vez que mañana celebraría con mi mujer y mis tres hijos y amigos, y con la familia de mis hermanos el aniversario 21 de mi matrimonio.

Fotografía de Don MacCrae

12 de octubre de 2011

ULTIMA ESTACION (CUENTO)

Salga, dice una voz perentoria que escucho cerca de mi espalda. Le digo que salga y no se haga el tonto. Yo estoy frente a una de las puertas del vagón del metro y mucha gente quiere salir de prisa como es mi caso. Es la última estación y todos debemos abandonar el metro. ¿Va a salir o no? Frente al cristal de la puerta acomodé mi chaqueta. Mientras pasan los rápidos segundos me pongo a pensar en mi esposa; Había fallecido hacía cuatro meses y nueve días. Ella jamás habría gritado como grita esa mujer. Sí, lo único que sé es que los gritos provienen de alguien que debe necesitar ayuda. Siento un empujón que me da contra el vidrio. Suele ocurrir por la ansiedad por lo que no reclamo a nadie. Oiga, ¿no se va a retirar?. Ese es mi lugar. Esta vez el grito lo siento sobre mi hombro, y el lugar sólo me importa para salir disparado lo que me parece adsurdo que alguien me lo pida y en la forma que lo hace. Los que están detrás de mí se apartan bruscamente y recién puedo observar a la mujer, relativamente baja de estatura. No me mira pues tiene su mirada en el espacio. De repente los otros pasajeros me hacen señas como tratando de decirme algo. La mujer lleva un cuchillo cocinero en mano derecha. Yo les devuelvo la mirada para decirles porqué no le quitan el arma si están detrás de ella. Nadie de atreve. Entonces pienso en mi esposa fallecida y me veo muriendo sin dolor, sin miedo. Y me vuelvo hacia la puerta. Después de unos segundos los gritos de los pasajeros me dejan aturdido. ¿Estaré con el arma en mis costillas? No siento nada. Atino a mirar hacia atrás y veo a la mujer tirada en el suelo desangrándose. Se había metido el cuchillo por su vientre hacia arriba. Lo sé porque en una reacción institiva quise extraerle el arma para salvarla. Murió a los pocos minutos.

Tengo frío. Mi abogado me dice otra vez que el caso es difícil; Que el juez asegura que pude haber ayudado realmente a la mujer en el metro. Estoy seguro que si mi esposa estuviese viva ya estaría fuera de esta celda donde no sé porqué he llegado.


10 de octubre de 2011

EL FUTURO


"La verdadera generosidad con el porvenir
consiste darle todo en el presente"
Albert  Camus
     
Fotografía de Ruud Albers