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10 de marzo de 2011

MIS INVIERNOS

Un tren oxidado me lleva de vuelta a mi niñez de inviernos con lluvias que caen sin descanso, empapando la faz de la tierra. Absorto, mi corazón es una isla. Mi madre, como fantasma, aparece para decirme que está listo el almuerzo o que es hora de dormir. Casi siempre veo a mi madre fundida en el aire acerado de los días largos y fríos. Ella no estuvo en la fiesta de aniversario del colegio cuando a los 11 o 12 años dije mi primer discurso ante un gran público pegándoseme la lengua en la palabra dichoso. ¿Por qué no me regañó cuando volví una tarde del colegio con la ropa y el corazón rotos tras una pelea con un compañero atizada por los más grandes? Tampoco pude confiarle mi primer semen que había sido como una lluvia cálida y desconocida que desbordaba su caudal.

Mi niñez, empapada de emociones, tiene sólo la compañía de los libros. Siento que la falta de mi madre, dedicada a mis hermanos menores, lo que me lleva a irme construyendo una voluntad tenaz y ordenada pero en una soledad tan grande como el silencio.

El agua de mis inviernos de niño acumulada en mis bolsillos me ha ayudado en las abluciones de mis ojos para mantenerlos más claros. Y lo agradezco.