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9 de septiembre de 2010

MI VOLANTIN

Cortado su cordón umbilical caía hacia su destrucción, perdido y perplejo. Creía que contaba con alas como los pájaros pero sólo era un volantín al que se le había cortado el hilo que lo unía a las manos de un niño dichoso pero que ahora le apretaba el tórax mientras se iba cortado

Siendo niño sentía estar siempre en un estado de alerta para superar dificultades o superarme a mí mismo, por lo que no me relajaba como mis amigos. Sea porque mi padre se había ido o porque mi madre no tenía tiempo para mí criando a mis dos hermanos menores me sentía como un volantín apremiado por el viento, exigiéndome más y más altura y, al mismo tiempo, un hilo amarraba mi existencia tal vez para protegerla de caer pero ansiaba ver esa mano sostenedora. De esa manera, cuando caía un volantín en mi ancho patio provinciano, me entregaba a la labor de remendarlo y colocarlo después en la pared de mi dormitorio. Por las noches conversábamos. Me hablaba de sus sueños de nubes, de alborotos de pájaros, de las personas y perros que se encontraban allá abajo, de la feria de los frutos y pescados frescos. Yo soñaba siendo un volantín gozando del espacio en las alturas. Y si terminara abruptamente abrazado a un palto o peral o poste de alumbrado público me convertiría en jirones simulando ser bandera de un país lejano. Pero cuando ya era acariciado por alguna nube, me despertaba  de  repente  la preocupación de repasar la lección de geografía antes de marchar por calle Esmeralda hasta el Colegio Marista.