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28 de marzo de 2010

DESPUES DE...

Yo lo sé y tú también lo sabes: Quedarán cicatrices pero tus dolores se irán marchando con el apacible viento, espíritu de la tierra, ese que hace cuatro semanas despertó a los demonios de los infiernos de las profundidades -demasiado tiempo dormidas-  destrozando los sueños y la heredad de antiguas y húmedas generaciones. Después del terremoto acá en Chile hizo su entrada el mar, borrando lo que había quedado y dejando en medio de las calles de los pueblos las embarcaciones de los pescadores. El maremoto además dejó desconsolados a abuelos al llevarse a sus nietos, y a hijos y nietos que no pudieron ascender los  cerros con los ancianos para librarlos del agua, holocausto injusto para hacer dormir al psunami hermano de terremotos.
Bastaron tres minutos para interrumpir la vida -a muchos para siempre-  y hacer desaparecer las limpias calles bajo toneladas de escombros, murallas, postes de alumbrado público, camas de vecinos que habitaban lejos, cuerpos de perros regalones que hacían estallar en llanto a sus pequeños amos.
Tres minutos y numerosas réplicas. Sin embargo, no maldecimos al terremoto cuando llega. Es ciertamente indeseable. Un tumor del cual podemos sanar y volver a correr, a laborar, a amar como antes. Y mejor.
Muchos pueblos ya se están planificando más arriba, no tan cerca de la costa. 
¡Fuerza, Chile!